Docencia en terapia de artes expresivas

Actualizado: sep 6

RESUMEN

Testimonio en primera persona con relación a la función y misión docente en terapia de artes expresivas. La autora realiza un recorrido que vincula su experiencia de vida, formación profesional, vocación de servicio y proceso creativo, sumando la tarea de llevar la terapia de artes expresivas de una forma consciente y sustentada a diferentes espacios, públicos y alumnos.


Palabras clave: docencia, terapia de artes expresivas, formación profesional, aprendizaje multidimensional.



Enseñar es una tarea que requiere conocimiento, vocación, preparación, actualización y una determinación por cada día, aprender y desaprender, experimentar y estar dispuesto a renovarse. El aprendizaje enfocado en el alumno debe ser el objetivo por lograr, y cuando el tema en la docencia es una disciplina multidimensional, como la terapia de artes expresivas, el proceso se complejiza mucho más, requiriendo del maestro un compromiso que se convierte en una misión de vida.

En este texto aspiro a compartir el camino que he recorrido para convertirme en docente en terapia de artes expresivas, que inicia desde mi infancia, prosigue a lo largo de mi juventud hasta llegar a la actualidad, cuando dedico mi tiempo, formación continua, esfuerzos, energía, ilusiones y sueños a esta maravillosa disciplina que se ha convertido en mi lugar seguro, mi motivo y mi razón de ser.

Desde muy pequeña supe que quería enseñar y lo hice primero dirigiendo mis clases a mis muñecos y luego, a mis vecinos y amigos. A los 14 años me inicié de manera profesional dando clases de álgebra a un grupo de adultos entre los que se encontraba mi madre.

Comenzaré hablando del contexto en el norte de México: clima desértico, caluroso en extremo, ciudad con una población aproximada de un millón de habitantes, alejada de la capital del país por más de 1000 kilómetros. Cultura híbrida en la que se mezclan etnias diversas, cuyos orígenes proceden en minoría de pueblos originarios y se acercan más a una multiculturalidad marcada por la influencia del país vecino del norte, cuya frontera se ubica a unos 800 kilómetros de distancia.

La geografía, el clima y la influencia cultural marcaron mi carácter y lo definieron como uno perseverante, resistente y determinado. Sumado a esto, y de manera más importante aún, puedo decir que debido a la influencia del carácter de mi madre, responsable y disciplinada por naturaleza, y de mi padre, trabajador incansable y ser humano respetuoso de la intuición y sensible a las necesidades emocionales del prójimo, recibí fundamentos para lograr los objetivos más complejos, con la premisa del trabajo y de la creatividad ante las circunstancias de la vida.




Crecí acompañada del olor y la textura de la madera, ya que mi papá se dedicaba a construir muebles de diseños especiales, finos y laboriosos. Esto me permitió aprender de él con el ejemplo e involucrarme en el proceso creativo de manera profunda, desde una edad muy temprana. Tocar, oler, mirar, escuchar, saborear el aserrín y la viruta, crear a partir de pedacitos de maderas distintas, fueron juegos que recuerdo y atesoro, trayéndolos a mi mente como el lugar seguro en el que me refugio y en el que siempre aparece la amorosa figura de mi padre invitándome a dibujar y poniéndome retos y acertijos que siempre resolvíamos con risas y humor.

Desde muy pequeña supe que quería enseñar y lo hice primero dirigiendo mis clases a mis muñecos y luego a mis vecinos y amigos. A los 14 años me inicié de manera profesional dando clases de álgebra a un grupo de adultos entre los que se encontraba mi madre. Las matemáticas y las ciencias naturales fueron mis primeras materias como docente, cuando era muy jovencita; luego, enseñé aquellas que yo misma llevé en la carrera de Arquitectura. Di clases de expresión gráfica, diseño, técnicas y materiales de construcción, y en ese andar ocupé cargos directivos en algunas de las instituciones en las que me invitaron a colaborar.

Fui una niña muy ocupada en estudiar y en hacer arte, y a los 5 años –edad a la que empecé a escribir– inicié mi diario, y con él, un camino de introspección que agradezco y sigo disfrutando hasta hoy.

“Lo que sea que decidas hacer, haz de hacerlo bien” era una de las frases favoritas de mi madre. Cómo borrar de la mente el recuerdo de las clases de pintura, danza, ballet, piano y teatro a las que asistí durante toda mi infancia y en las que invertí todo mi tiempo, aprendiendo técnicas, conociendo maestros, intercambiando ejercicios, logros, exposiciones, muestras, exhibiciones, etc., con un sinfín de compañeros. Fui una niña muy ocupada en estudiar y en hacer arte, y a los 5 años –edad a la que empecé a escribir– inicié mi diario, y con él, un camino de introspección que agradezco y sigo disfrutando hasta hoy.


Muy pronto me di cuenta de la necesidad de agregar en los procesos educativos herramientas que incluyeran el trabajo emocional y que permitieran la expresión y el autoconocimiento.

He tenido la fortuna de dar clases en los niveles educativos que en México se conocen como secundaria, preparatoria, licenciatura y maestría, de forma que he acompañado en su crecimiento a adolescentes y jóvenes por montones, conociendo las dificultades que implica aprender y empapándome de la necesidad de trabajar con la familia para convertirla en un espacio motivante, abrigador, cálido y suficientemente bueno para permitir que sus miembros crezcan y alcancen su independencia, autonomía y diferenciación.


A lo largo de mi camino como maestra, llegó a mi vida la oportunidad de dar clases de química, materia que impartí durante más de diez años y gracias a la cual comprendí en profundidad la conexión metafórica profunda y espiritual que se establece entre la materia y el ser humano. He podido compartir mis impresiones al respecto con la maestra de origen israelí Nona Orbach, artista visual, terapeuta de arte e investigadora, autora del libro El Espíritu de la Materia, cuya traducción al español realizo a la fecha en que escribo este artículo, disfrutando cada palabra y cada explicación con la convicción de que su contenido permeará en los estudiantes de arteterapia de habla hispana de la misma forma en que lo hizo en aquellos de habla inglesa que tuvimos el privilegio de leerlo.





Siendo maestra de química y directora académica de una escuela secundaria, llegó a mi vida la terapia de arte y con ello una implosión llena de luminosidad que transformó mi vida y le dio color. Inicié mi formación buscando fuera de mi país, ya que en México aún hay pocas opciones académicamente sustentadas y la profesión como terapeuta de artes expresivas no es validada en forma legal.

Esta es la razón por la que después de terminar la Maestría en Administración de Instituciones Educativas –que, dicho sea de paso, me permitió trabajar y formarme en el ámbito educativo de una manera amplia y fundamentada– inicié el camino para obtener el grado de Maestría en Psicoterapia Familiar y de Pareja. Luego continué con el entrenamiento básico y avanzado en EMDR (traducida al español como “Terapia de Reprocesamiento del Trauma”) y seguir hacia la psicotraumatología, especialidad que curso en la actualidad y cuyos conocimientos y propuestas de trabajo integro en mi práctica profesional en la atención de personas cuyos trastornos requieren abordajes que faciliten la expresión por vías alternas a la verbal.

A lo largo de mi camino como maestra, llegó a mi vida la oportunidad de dar clases de química, materia que impartí durante más de diez años y gracias a la cual comprendí en profundidad la conexión metafórica profunda y espiritual que se establece entre la materia y el ser humano.




El común denominador de mi trayecto profesional es la educación. He sido docente,

coordinadora, directora y diseñadora curricular en muchos proyectos educativos. Fue en 2012 cuando presenté por primera vez un Diplomado en Terapia de Arte, para ser impartido en una reconocida universidad de la ciudad en la que vivo. Desde entonces, ese diplomado se ha actualizado, retroalimentado, rediseñado, diversificado y nutrido de fuentes, como la formación que he recibido, las experiencias en el proceso de enseñanza-aprendizaje, de los contextos en los que se ha ofrecido y, por supuesto, de los numerosos alumnos que lo han cursado. Debo decir que hubo dos espacios entrañables en mi camino como docente en terapia de artes expresivas: uno de ellos presencial y el otro virtual. Este último, de nombre “Continente Seis”, en la actualidad ocupa un lugar no solo en mi tiempo, sino también en mi corazón, ya que es un sueño hecho realidad, gracias al cual deseo llegar a rincones lejanos y a personas deseosas de aprender y formarse profesionalmente en artes visuales, terapia de arte y arte para la educación.


Complementando el estudio, la práctica y la docencia, es importante documentar y evidenciar lo que uno hace, contrastar las ideas, compartirlas, discutirlas y retroalimentarlas. Por eso, desde hace años me inicié en la participación en eventos, conferencias, congresos, seminarios, cursos y talleres, además de realizar la publicación de un blog, que luego se convirtió en artículos. La producción creció hacia diferentes foros, para cristalizar en la narrativa en forma de mi primer libro y propuesta editorial, titulada Colores Primarios, Arteterapia. Allí explico aquellos conceptos, teorías y postulados que considero imprescindibles para la comprensión académicamente fundamentada de la terapia de artes expresivas y sumo el conocimiento proveniente de importantes fuentes bibliográficas en terapia de arte, terapia de artes expresivas, psicoterapia humanista centrada en la persona y el cuidado informado en el trauma, dirigiendo el contenido a quienes desean conocer los principios básicos sobre los que descansa esta maravillosa forma de terapia.


Como terapeuta, me oriento a la prevención y tratamiento del trauma y enfoco mi camino hacia el autocuidado, el desarrollo de resiliencia y el crecimiento postraumático. Trabajo de manera cotidiana en mi consultorio-taller, que es más bien un espacio experimental en el que las personas exploran su creatividad, conocen la metáfora y crecen hacia rumbos nuevos, mejorando sus relaciones, expectativas y circunstancias.




Agradezco profundamente que el recorrido de formación y docencia no ha sido en solitario y, por el contrario, caminando he conocido a personas admirables de las que aprendo en forma constante. Destaco entre ellas a la Doctora Cathy Malchiodi, quien ha sido mi maestra y mentora durante los últimos ocho años, de quien aprecio su esfuerzo en construir redes apasionadas por el crecimiento conjunto. Admiro a la Doctora Mónica Wong, quien desde Hong Kong coordina equipos de psicólogos y terapeutas que llevan esperanza a lugares vulnerables en China y que además ha organizado eventos en los que nos hemos vinculado expertos de todo el mundo.


Entre ellos, conocí a la candidata a Doctora por la European Graduate School (EGS), Krupa Jhaveri, quien desde Auroville, en la India, promueve la terapia de artes expresivas. Gracias a ella, desde 2014 hasta la fecha, y debido a su cálida explicación y motivación, me sumé incluyendo a México cada año al proyecto denominado “Art Break Day” (Día Libre en Arte), que facilita la experiencia creativa a miles de personas en todo el mundo, el primer fin de semana de septiembre.