AURORA LUNA WALSS

Psicoterapeuta Especializada en Prevención y Tratamiento  del Trauma

"En aras de la justa resiliencia,

Colores Primarios

será un punto de referencia mundial

a favor de los más diversos públicos.

Sus contenidos llegan a ser el

límpido arcoíris

que muchos necesitamos ver y sentir

en medio de la más densa negrura".

Renata Chapa González

Editora

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COLORES PRIMARIOS

a través de la lectura del

PREÁMBULO

escrito por la

Mtra. Renata Chapa González,

editora.

 

 

Años atrás, de manera voluntaria e independiente, pude abrir cuatro espacios educativos: en dos albergues infantiles, en el área de pediatría de una clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social y en el Centro de Readaptación Social. Las cuatro instituciones, ubicadas en la ciudad donde vivo, atendían, respectivamente, a niñas, niños y adolescentes huérfanos o a cargo de tutores violentos, como era el caso de varias de sus madres dedicadas a la prostitución; a pacientes con los más diversos cuadros sintomatológicos, pero con precariedades socioeconómicas similares, incluida la del entorno hospitalario donde eran atendidos; a reclusos y reclusas ꟷalgunas de ellas acompañadas de sus hijos menores de tres añosꟷ que cumplían condenas por robos, fraudes, homicidios, consumo y tráfico de drogas, violaciones.

     De manera intuitiva, como terca corazonada, creí que el acompañamiento lúdico y creativo podía paliar dolores si nos ayudábamos de libros, pinturas, películas, música, y las tecnologías computacional y virtual que tomaban cada vez más fuerza. Al colaborar en cada uno de los lugares referidos encontré que, por ejemplo, los responsables de esos espacios también cargaban sus calvarios personales. La señora y monjas de la tercera edad que dependían de la “divina providencia” para mantener a más de cincuenta infantes; el doctor estresado, de gesto y voz fríos, que disentía con frases golpeadas con enfermeras y padres de familia de los tantos pequeños encamados; los adustos custodios y custodias, inmersos en un ambiente carcelario de alta peligrosidad con mil reclusos, pero que también debían rendir cuentas diarias como proveedores de familia. Y nosotros, los que íbamos a dar las clases, los talleres, los cursos de manera altruista, no quedábamos fuera ꟷen lo absolutoꟷ de los vaivenes emocionales compartidos.

   En medio de este paradójico contexto de amor-odio, odio-amor, conocí la palabra “resiliencia”. Su definición académica fue el espejo de mis pragmáticas creencias para el empoderamiento individual y, a su vez, del colectivo. Suponía que la presencia inspiradora de un alguien o de un algo sí podía ayudar a recuperar la autoestima. A cambiar la química interna. A encontrar, aún en las más oscuras experiencias, remansos de paz y, con probabilidad, dosis de contento. Y no había estado tan errada. Desde entonces y hasta ahora, toda fuente de información relacionada con ese concepto, “resiliencia” y su alcance transformador, siguen siendo tema privilegiado.

     El tiempo continuó su curso y las prácticas educativas resilientes dieron varios resultados. Uno de ellos me permitió que, en lugar de estar frente al escritorio de un funcionario público para solicitarle ayuda para las cuatro causas sociales, experimentara esa misma responsabilidad, pero como directora de un Instituto Municipal de Cultura. Llegó, así, el momento de ensanchar el radio de acción para que más personas fueran beneficiadas con la educativa dupla “artes y resiliencia”.

     Varios programas fueron diseñados desde esa perspectiva, en medio de una de las épocas más violentas en México debido al encumbramiento del crimen organizado y la guerra entre ellos, el Gobierno y nosotros, los ciudadanos. Ahí, en medio de una comunidad convulsa por el miedo y deseosa, a la vez, de experiencias resilientes, calibré el potencial profesional de la autora de Colores primarios, la maestra Aurora Luna Walss. En sus manos quedó la preciada ilusión de niñas y niños de zonas rurales y polígonos de violencia urbanos. Su encomienda fue catártica, educativa. Humanística y humanitaria. A través del arte, la maestra Luna y sus “superhéroes” y “superheroínas”, convirtieron las angustias en trazos de crayolas; el terror en juegos y juguetes; la zozobra depresiva en la certeza del “yo valgo”, “yo puedo”, “yo soy artista”.

     Con base en esta experiencia, y de nueva cuenta al frente de otro Instituto de Cultura insertado en el ámbito de la Seguridad Pública, tomé dos decisiones fundamentales: primero, incluir en el organigrama oficial una coordinación de resiliencia y artes; y segundo, solicitar a la maestra Luna que aceptara la titularidad gracias a su liderazgo académico y visión administrativa. Su sobresaliente capacidad de trabajo y resultados disciplinados eran garantía. Ella aceptó la invitación y, en un semestre, el área a su cargo reportó avances de investigaciones teóricas a nivel internacional, con especiales vínculos con colegas de Canadá, España, Colombia, Estados Unidos y México, así como intervenciones valiosas de arteterapia en casi la totalidad de los programas del resto de las coordinaciones de la dirección de cultura.

     Desafortunadamente, la perspectiva académica que compartimos la maestra Luna, algunos compañeros de labores profesionales y yo, comenzó a ser cuestionada por terceros que nunca antes habían escuchado el término “resiliencia”, y, por tanto, desconocían no sólo el significado literal del vocablo, sino que afirmaban que “esa cosa” no tenía relación alguna con el arte. Que eran dos áreas distintas. El cuestionamiento fue de una polémica tal, que los aportes construidos en los temas de resiliencia y artes, incluso con las credenciales científicas y artísticas ya obtenidas por el sesudo trabajo de la puntual académica, fueron suspendidos de cuajo. ¿Resultado al día de hoy? Las habilidades resilientes de ambas, a través de distintos caminos, siguen de pie y con una lista de programas artísticos a favor de distintos públicos en vulnerabilidad. El nacimiento de Colores primarios es prueba escrita de ello.

    

A lo largo de los doce capítulos que integran este libro, su autora acompaña tanto a lectores que inician su conocimiento en arteterapia como a aquéllos con más experiencias en el tema. Combina citaciones y paráfrasis de distintas fuentes de información y de variados autores que, sumados a sus propios argumentos, vuelven a Colores primarios un útil referente bibliográfico. De necesidad emergente, incluso, dados los cada vez más elevados niveles de violencia y de múltiples pobrezas que nos circundan.

     Los temas seleccionados conforman una columna vertebral híbrida: tiene bondades teóricas, de cabalidad científica, pero también estudios de casos aún más rebosados también de bondad. Es decir, abre dos frentes que ilustran en lo intelectual y en lo sensorial. El suyo es un didactismo congruente con el noble poder de la terapia de arte a través de la lectura.

     Uno de los principales aportes del referente bibliográfico con el que la sicoterapeuta torreonense comienza aquí su carrera en el mundo editorial, aparece a manera de reiteración. Ella insiste en explicarnos que todas y todos somos capaces de crear ꟷy buscar la sanación emocionalꟷ a través del arte. Está identificada con los estudiosos en arteterapia que derogan la sanción estética, doctoral, que constriñe la libre expresión en las producciones artísticas.

     Gracias a Colores primarios es comprensible cómo la elección de un material, de un color, de una perspectiva es una fiel fotografía emocional nuestra y, a partir de ella, el proceso resiliente puede adquirir su curso. En este sentido, la sensibilidad de la arteterapista nos advierte, además, la trascendencia de lo que pudiera parecer simplón o efímero ante la mirada de algunos escépticos: el valor de nuestras emociones al pintar, cantar, bailar, escribir, leer, escenificar en combinación con nuestra salud mental. Es decir, con el más valioso tesoro humano.

     Las subsecuentes páginas son el resultado de años de experiencias multidisciplinarias al servicio de los otros. En cada aporte, su creadora buscó, de nueva cuenta, elevar la calidad de vida de los lectores. Si buscamos entre y sobre los renglones de este libro, sabremos que vienen incluidos pinceles, lienzos, canciones, párrafos y arcillas para remodelarnos en libertad y volver de la lectura un baile de ideas, desahogos y motivación imborrables.

     Otra no menos terca corazonada basada en el pasado y presente de la trayectoria de Aurora Luna me dice que, en aras de la justa resiliencia, Colores primarios será un punto de referencia mundial a favor de los más diversos públicos. Sus contenidos llegan a ser el límpido arcoíris que muchos necesitamos ver ꟷy sentirꟷ en medio de la más densa negrura. Tal como lo narra Tzmetan Todorov en su libro Insumisos, al referirse al escritor Boris Pasternak: “Creyendo que ha llegado su hora, (Boris) se dirige mentalmente a Dios: ‘Te doy gracias por darle a todo colores intensos, por haber hecho de la vida y la muerte lo que son, porque tu palabra sea majestuosidad y música, por haber hecho de mí un artista, para que el arte fuera tu escuela y por haberme preparado toda la vida para esta noche’”.

Renata Chapa

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