La familia, el juego y la metáfora en el proceso terapéutico

Actualizado: abr 16



Hablar del proceso terapéutico es hablar de personas y familias. Padres, madres, hermanos, hijos, abuelos, esposos, amantes, suegros, parientes cercanos y lejanos, distancias emocionales y físicas, diferencias, divergencias, uniones, separaciones, rupturas, reconciliaciones, encuentros y desencuentros, llegada de nuevos miembros, partida de otros. Temas todos estos del saber humano y del proceder cotidiano de la vida de cada persona.

Es frecuente escuchar que vivir mejor, ser feliz, estar en paz, son objetivos que cada uno de nosotros persigue y por los cuales trabaja. Estas y muchas más razones acercan a buscar ayuda en terapia, para comprender el propio proceder y el actuar del otro. El perdón, la aceptación, el apego y el desapego, las lealtades, las fidelidades, la satisfacción de las necesidades individuales, de pareja y de familia, son temas de estudio, trabajo y seguimiento en el espacio terapéutico.

En este artículo abordaré algunos aspectos que se desarrollan en el proceso terapéutico con enfoque sistémico cuando se trabaja con familias. De manera particular hablaré del uso del juego y la metáfora en terapia, ya que ambos son componentes en los que se involucra la creatividad y el reconocimiento y desarrollo de la resiliencia individual y familiar.



El individuo, la familia, el terapeuta y el espacio

Los objetos de la terapia son el individuo, entendiendo el grado de individuación y su proceso de diferenciación, según lo propusieron Bowen (1979), Whitaker y Malone (1953) y Searles (1974), y la familia como punto de encuentro entre las necesidades individuales e instancias sociales, que forman un sistema relacional, que supera a sus miembros individuales y los articula entre sí.

El espacio terapéutico es el lugar material en que se desarrollan las sesiones y donde el terapeuta se convierte para la familia en el nexo de unión de contextos y experiencias diversos y lejanos en el tiempo, ligados a la historia personal de cada uno, que son así reactualizados e insertados en un marco más amplio, en un contexto de contextos, en el que cada uno procura construir una nueva realidad superándose de la antigua.

La familia se puede considerar como un sistema de transformación constante, que evoluciona en virtud de su capacidad de perder su propia estabilidad y de recuperarla después, reorganizándose sobre bases nuevas, su carácter de sistema abierto permite individualizar las fuentes de cambio, una interior, que se sitúa en sus miembros y en las exigencias mismas de su ciclo vital y una exterior, originada por las demandas sociales. Los estímulos internos y externos y las consiguientes demandas de cambio, obligan a renegociar de continuo la definición de las funciones de interacción y a rever, por lo tanto, el nexo mismo entre cohesión y crecimiento individual.

En la familia coexisten numerosos niveles de interacción, el de la pareja, el de la familia nuclear, el de la familia extensa y aquellos que cada individuo por su cuenta mantiene fuera, en el ambiente más vasto que lo rodea.




Una patología individual se manifestará a raíz de modificaciones o presiones intrasistémicas e intersistémicas de determinadas entidades que corresponden a fases evolutivas de la familia.

Toda tensión que se origine en cambios intrasistémicos (el nacimiento de los hijos, su adolescencia, su alejamiento del hogar, la menopausia, la muerte de un familiar, el divorcio, etc.), o intersistémicos (cambios de domicilio, modificaciones del ambiente o de las condiciones de trabajo, profundas transformaciones en el nivel de los valores, etc.), gravitará sobre el funcionamiento familiar, requiriendo un proceso de adaptación, es decir, una transformación de las reglas de asociación, susceptible de asegurar la cohesión de la familia por un lado, y de promover el crecimiento psicológico de sus miembros por el otro.

El síntoma puede ser interpretado como una metáfora de inestabilidad, como señal que indica la fragilidad del sistema. Por ello, la utilización del síntoma se convertirá en uno de los objetivos prioritarios de la intervención, ya en la fase de formación del sistema terapéutico.

El diagnóstico depende de la capacidad del terapeuta para observar desde afuera las interacciones en que está envuelto, obrará como el miembro de una orquesta que a tiempo de tocar su instrumento dirigiera a la orquesta misma.

En términos generales, el terapeuta enfrenta tres dificultades a lo largo del proceso terapéutico:

La primera dificultad atañe a la necesidad de individuar la función que la familia pretende atribuirle a cada uno de sus miembros.

La segunda dificultad atañe a la búsqueda de imágenes y definiciones que correspondan a las funciones desempeñadas por cada uno de los miembros de la familia, así como a la trama en que se insertan.

La tercera dificultad proviene de la necesidad de evaluar la intensidad, la fuerza con que se debe introducir el input desestabilizador para que las intervenciones terapéuticas sean aceptadas por la familia.

La mejoría de la familia necesariamente debe pasar por un estado de crisis del funcionamiento familiar. La intensidad de la intervención por parte del terapeuta, es directamente proporcional a la rigidez del sistema familiar.



El juego en la terapia familiar

El juego en la terapia representa el medio más expresivo, más rico en matices, más personal, para comprometer a la familia y al terapeuta en la terapia. Jugar en la terapia trasciende la actividad lúdica, para adquirir un valor en sí mismo, ayuda al terapeuta y a los integrantes de la familia a no tomar demasiado en serio sus definiciones de la realidad

Por medio del juego se logra crear un marco psicológico que permite discriminar entre cantidades que pertenecen a clases lógicas diferentes, es decir, entre mensajes constituidos por emociones- signos y mensajes constituidos por simulaciones de emociones- signos. (Valerie, 1979, pág. 814).




Saber jugar ayuda al terapeuta a no tomarse demasiado en serio, es decir, a considerar las definiciones de la realidad propias y ajenas como temporarias y cambiantes, o bien, introducir flexibilidad e incertidumbre en las propias operaciones mentales.

Es difícil decir hasta qué punto el juego es importante para cada uno de nosotros, pero lo cierto es que toda persona, en el curso de su existencia, debe pasar continuamente a través de un juego, para alcanzar un equilibrio en las relaciones con la realidad y con aquellos con quienes vive.

Por medio del juego experimenta la realidad de modo paradójico, es decir, cumple actos reales en un contexto que niega no obstante su realidad, mientras que los objetos mismos que utiliza adquieren características multiformes pero que son simultáneamente lo que representan.

Entendemos por juego la fantasía creadora que estimula a producir nuevos nexos asociativos.